4.- La democracia interna

 

 

EL CENTRALISMO DEMOCRÁTICO: PRINCIPIOS Y PRÁCTICA

 

 

La observancia formal de los principios básicos del centralismo democrático definidos por Lenin, consagrados por la Internacional Comunista y por los Estatutos de prácticamente todos los partidos comunistas, no define por sí sola el funcionamiento orgánico del Partido, la verdadera relación entre la Dirección y la base, y mucho menos el estilo de trabajo.

Podrá parecer que, definidos esos principios y garantizada su aplicación formal, están definidas y garantizadas las características fundamentales de la estructura orgánica del Partido.

Esto no corresponde, sin embargo, a la realidad.

Dentro del cumplimiento formal de los principios básicos del centralismo democrático caben muchos y variados métodos de trabajo de dirección y de intervención de los organismos y de los militantes en la vida partidaria.

La correlación del centralismo y la democracia puede presentar diferencias profundas en el marco del cumplimiento formal de los principios clásicos fundamentales.

Puede haber un fuerte centralismo en las decisiones, sin participación efectiva de las organizaciones y de los militantes, salvo por la aprobación de las propuestas llegadas del centro; o puede haber una intervención efectiva de las organizaciones y militantes.

Puede haber un proceso sistemático de adopción de las decisiones por mayoría y minoría, que sin embargo refleje graves conflictos internos; o puede haber una adopción establecida en el debate profundizado de opiniones convergentes que no llega a exigir ninguna votación.

Puede haber una práctica democrática en que los militantes expresan libremente su opinión; o puede haber a partir del centro un clima de presión y hasta de coacción que limita o traba la vida democrática interna.

La experiencia de nuestro Partido, así como del movimiento comunista internacional, demuestra que el enunciado en los Estatutos de los principios esenciales del centralismo democrático y hasta su aplicación formal, no basta para concretar los verdaderos principios orgánicos y la verdadera práctica de funcionamiento de un partido.

Los Estatutos del PCP (artículo 16) definen como principios del centralismo democrático: “a) La elección de todos los organismos dirigentes del Partido, de la base a la cima; b) La obligatoriedad de que los organismos dirigentes rindan cuenta regularmente de su actividad a las organizaciones respectivas y presten la máxima atención a las opiniones y críticas que éstas manifiesten o hagan; c) El sometimiento de la minoría a la mayoría; d) El carácter obligatorio de las resoluciones e instrucciones de los organismos superiores para los inferiores y la obligatoriedad para estos de informar su actividad a los organismos superiores; e) La disciplina rigurosa en el cumplimiento de los principios orgánicos y disposiciones estatutarias del Partido y la prohibición de la existencia de fracciones o de cualesquiera actos fraccionistas”.

Es naturalmente importante el cumplimiento de estos principios. Pero tan importante como el cumplimiento formal es el sentido profundo del cumplimiento y las formas y métodos concretos que asume.

Las características que actualmente tiene en nuestro Partido el centralismo democrático son el resultado de un largo proceso y de una larga experiencia.

La correlación entre centralismo y democracia varió a lo largo de la vida del Partido según las condiciones concretas en que se desarrollaba la lucha. Varió también por factores de orden subjetivo; especialmente por los criterios, orientaciones y estilo de trabajo de los organismos dirigentes.

Nuestro Partido encontró, en lo fundamental, soluciones justas para garantizar una orientación política acertada y eficaz, una Dirección Central respetada por todo el Partido y una vida democrática tan amplia como lo permitieron las razones de seguridad y defensa. El Partido aprendió también con las experiencias positivas y negativas resultantes de los criterios, orientaciones y estilos de trabajo de la dirección.

En ciertos momentos de su historia, el Partido conoció los daños, tanto de los excesos de centralismo como del democratismo anarquizante. Mejoró sus métodos. Corrigió errores. Aprendió con la vida.

Puede considerarse en este sentido que el centralismo democrático, tal como actualmente es concebido y aplicado en el PCP, es el resultado de la profundización y el enriquecimiento de sus principios y de su práctica a través de una larga experiencia.

 

 

CENTRALISMO Y DEMOCRACIA EN LA CLANDESTINIDAD

 

 

El hecho de que el Partido se vio obligado a luchar en una severa clandestinidad durante los 48 años de dictadura fascista condicionó fuertemente la aplicación de los principios del centralismo democrático.

Los cuatro principios considerados fundamentales fueron, es cierto, siempre consagrados en los documentos del Partido, especialmente en los informes y resoluciones de los III, IV, V y VI Congresos y en los Estatutos aprobados en el V y VI Congresos.

            Pero siempre se subrayó que las condiciones de feroz represión que caía sobre el Partido y la necesidad imperiosa de defensa obligaban a reforzar los elementos de centralismo y a serias limitaciones de la democracia interna.

La necesidad de defensa del Partido obligó a mantener secretos la mayor parte de los datos relativos a la organización (incluyendo la cantidad de miembros), a los cuadros y a prácticamente todos los aspectos de la vida interna.

El hecho de que solo un número muy reducido de camaradas, tanto en el nivel central como en los organismos intermedios y de base, conocía ciertos aspectos del trabajo, limitó la cantidad de quienes se podían pronunciar sobre ellos.

Existía una severa compartimentalización del trabajo. Los militantes conservaban secreta su identidad y eran conocidos por seudónimos. Cada miembro del Partido conocía el mínimo de otros miembros; en principio solo aquellos con quienes tenia tareas a realizar.

Estas mismas condiciones impedían la información amplia a las organizaciones, la rendición de cuentas, los largos debates y la elección de los organismos dirigentes, salvo del Comité Central en los Congresos y del Secretariado en el Comité Central.

Los criterios de la disciplina también eran necesariamente más severos y rígidos.

Por todas estas razones, y por tendencias negativas en el trabajo de dirección, el centralismo fue considerablemente reforzado en el tiempo de la dictadura, y la democracia interna fuertemente condicionada y limitada. En períodos prolongados de la vida del Partido, la dirección central decidía, imponía el cumplimiento de las decisiones y tomaba medidas disciplinarias para quienes no actuaban en conformidad.

Aun en la clandestinidad, sin embargo, las orientaciones predominantes y las experiencias que terminaron por determinar el estilo de trabajo fueron en el sentido de la realización, lo más amplia posible, de los principios democráticos, sin considerar tendencias que también se verificaron de democratismo anarquizante (como fue el caso de la tendencia anarco-liberal en el trabajo de dirección en los años 1956-1959).

Aun en la clandestinidad, salvo períodos justamente considerados como de excesivo centralismo (especialmente antes de la reorganización de 1940-1941 y en los años 1950-1955), la orientación predominante fue en el sentido de asegurar la democracia interna.

Constituyen un ejemplo de esa orientación la existencia del trabajo colectivo en los organismos ejecutivos del Comité Central, la aceptación por la minoría de las decisiones tomadas según la opinión de la mayoría, la auscultación de la opinión de la base del Partido, las discusiones colectivas en el Partido y la rendición de cuentas a través de informes y documentos del Comité Central y de otros organismos de dirección.

Para el refuerzo de la democracia interna del Partido en las condiciones de clandestinidad, tuvo particular importancia la realización de los congresos del Partido: III Congreso (I ilegal) en 1943, IV Congreso en 1946, V Congreso en 1956 y VI Congreso en 1965.

Con el III Congreso, por primera vez en la clandestinidad, fue electo el Comité Central del Partido. Todos estos Congresos ampliaron el número de los miembros de los organismos de la Dirección Central, reforzaron la dirección colectiva, subrayaron la importancia de la opinión y participación de los militantes del Partido en toda la actividad. Todos ellos fueron precedidos por numerosas reuniones con vistas a la elaboración de los documentos sujetos a la aprobación.

El VI Congreso fue precedido de vastísimos debates sobre la orientación política del Partido y particularmente sobre el Programa del Partido. En las discusiones del proyecto de Programa intervinieron cientos de camaradas, se hicieron y aprobaron muchos cientos de propuestas de enmienda, y el Programa, en su redacción final, fue en gran medida el producto de un vasto trabajo colectivo en el Partido.

Las experiencias de la democracia interna logradas en la clandestinidad, y el espíritu democrático existente en el Partido, tuvieron importancia determinante para el desarrollo y enriquecimiento de los principios del centralismo democrático en las nuevas condiciones creadas por la Revolución del 25 de Abril y por la conquista de la legalidad para el Partido.

 

 

EL PROFUNDO SIGNIFICADO DE LA DEMOCRACIA INTERNA

 

 

La democracia interna en el Partido no se puede definir en pocas palabras, de una forma simplista. No bastan para definir las normas consagradas en los Estatutos. La democracia interna es eso, pero mucho más que eso.

El contenido real de la democracia interna, creado y desarrollado a través de la historia del Partido y de sus experiencias, es extraordinariamente más rico y profundo que los principios y normas estatutarias.

En la experiencia del PCP, la democracia interna, en la cual se apoya el centralismo en su más elevada acepción, acabó por expresarse, a través de un pausado y creativo trabajo educativo y mediante la convergencia de todos sus principios, normas y prácticas, en una característica esencial del Partido en la actualidad: el trabajo colectivo, la noción y la dinámica del gran colectivo partidario.

Democracia debe significar una intervención efectiva de las organizaciones de base y de los miembros del colectivo en el examen de los problemas y en la elaboración de la orientación partidaria.

La democracia interna presupone el hábito de escuchar, con respeto efectivo e interés de comprender y aprender, opiniones diferentes y eventualmente discordantes. Presupone la conciencia de que, como regla, el colectivo va mejor que el individuo. Presupone la conciencia, en cada militante, de que los demás camaradas pueden conocer, ver y analizar mejor los problemas y tener opiniones más justas y más correctas.

La democracia interna es un conjunto de principios y una orientación del trabajo práctico que se inserta en la esfera de la teoría, de la política, de la práctica y de la ética.

La democracia interna del Partido es una forma de decidir, un método de trabajo, un criterio de discusión y decisión, una manera de actuar y de estar en la vida, una forma de pensar, de sentir y de vivir.

Democracia implica un elevado concepto acerca del ser humano, de su valor presente y de su valor potencial.

Por eso el comunismo educado en los principios democráticos es demócrata sin esfuerzo. Es demócrata porque no sabe pensar y proceder de otro modo. Porque no tiene un desmedido orgullo y vanidad individual. Porque tiene conciencia de sus propias limitaciones. Porque respeta, porque escucha, porque aprende, porque acepta que los demás pueden tener razón.

Este profundo contenido de la democracia interna del Partido es el resultado de una larga evolución y de una acumulación de experiencias, propias y ajenas.

Hay todavía mucho que mejorar y perfeccionar. Pero la gran fuerza de la democracia interna del PCP y sus resultados demuestran que la vida interna del PCP sigue por el buen camino.

 

LA DEMOCRACIA, EL COLECTIVO Y EL INDIVIDUO

 

 

La democracia interna del Partido encuentra una de sus expresiones más elevadas y significativas en la dirección colectiva y en el trabajo colectivo.

La democracia significa esencialmente la ley del colectivo contra las sobreposiciones e imposiciones individuales y sobre todo individualistas.

Esto no significa que la democracia menosprecie al individuo, su valor y su contribución. Al contrario. La democracia estimula, motiva y moviliza la capacidad, la intervención, la voluntad y la decisión del individuo. Pero, como gran mérito y superioridad del espíritu y los métodos democráticos, la democracia inserta la contribución de cada individuo en el marco de la contribución de los otros individuos, o sea, inserta la contribución individual en el marco de la contribución colectiva, como parte constitutiva de la capacidad, intervención, voluntad y decisión colectivas.

Esto es igualmente válido en las organizaciones de base y en los organismos más responsables. Los dirigentes también insertan su trabajo individual en el trabajo colectivo y sus opiniones y propuestas deben estar siempre abiertas al enriquecimiento, al mejoramiento y a la corrección.

En nuestro Partido no halla terreno favorable quien comprenda la democracia como una forma directa o indirecta de hacer que se impongan sus opiniones individuales.

De hecho aparecen episódicamente camaradas que, en términos generales, defienden la más amplia democracia, de modo que sea escuchada y atendida la opinión de los militantes, pero que de hecho solo reconocen la existencia de la democracia cuando imponen su opinión personal.

Si el colectivo al que pertenecen concuerda con sus opiniones, la democracia (según ellos) es aplicada y entonces exigen naturalmente que todos cumplan lo decidido, y objetan a que otros camaradas continúen defendiendo sus propias opiniones.

Pero si el colectivo no acepta sus opiniones y pone en práctica las que se deciden democráticamente, entonces (según ellos) ya no existe democracia y, en nombre de la democracia, se sienten en el derecho de, contra la opinión y las decisiones del colectivo, defender sus opiniones que no fueron aceptadas.

Todos los miembros del Partido tienen el derecho de expresar y defender su opinión en el organismo al que pertenecen, pero nadie tiene derecho a sobreponer o querer sobreponer su opinión individual a la opinión del colectivo, a la opinión de su organismo u organización, a la opinión de su Partido.

Así se entiende la democracia en nuestro Partido. Es la más amplia, la más sana, la más profunda que jamás haya existido en cualquier partido político portugués.

 

 

DEMOCRACIA, DIVERGENCIAS Y CRÍTICA

 

 

El pleno derecho de los militantes de manifestar en el organismo al que pertenecen sus opiniones, eventualmente divergentes, hacer críticas, presentar propuestas, es un rasgo importante de la democracia interna.

Pero la verdadera democracia en el Partido excluye que las diferencias de opinión cristalicen en grupos de camaradas, en torno a tal o cual idea, o a tal o cual inspirador o instigador de la divergencia.

La prohibición de formar fracciones y tendencias organizadas dentro del Partido es un principio que respeta la unidad y la disciplina. Pero también respeta la concepción de la democracia.

El Partido Comunista no es una organización unitaria, sino una organización política avanzada con una naturaleza de clase y un programa y una ideología correspondientes.

La existencia de fracciones o de tendencias organizadas, que por definición involucran desacuerdos de fondo y no solo diferencias de opinión coyunturales, significaría que la democracia interna no sería el modelo para garantizar la contribución efectiva de todos en la definición de las grandes líneas de orientación.

Las diferencias de opinión, cuando se expresan con espíritu constructivo, intervienen como un factor positivo para el esclarecimiento y la decisión. Se vuelven, sin embargo, un factor negativo contrario a la democracia interna cuando se trasforman en una sistemática oposición contestataria, divergente o de oposición a la orientación y las decisiones democráticamente aprobadas.

Es evidente que, en este último caso, los contestatarios se oponen, con su actitud, a la aplicación efectiva de los principios, normas y prácticas democráticos.

En el PCP, la democracia interna nada tiene que ver con un juego permanente (inspirado en las concepciones, hábitos y vicios del parlamentarismo burgués) de divergencias, de tendencias, de grupos, de bipolarización de los militantes divididos entre la opinión oficial y la opinión de la oposición u oposiciones, entre los que tienen el poder y quienes lo contradicen.

Los comunistas portugueses observan con estupefacción casos conocidos en que las reuniones de la dirección, abiertas al público, dan el espectáculo de la contienda, entre “líderes”, entre “notables” y entre grupos, de luchas por el mando, de acuerdos de pasillo, de recursos de asamblea general, de constantes votaciones de las que salen conclusiones públicas consideradas como ley que más adelante son revocadas por nuevas mayorías... al mismo tiempo que ese partido en su conjunto permanece como mero oyente e instrumento dócil sujeto a una férrea disciplina y a sanciones cuando la infringe.

Tal espectáculo es considerado por los comunistas portugueses como una verdadera aberración.

En el PCP, la Dirección trabaja según normas democráticas. Y el Partido participa en conjunto en todo el trabajo político.

La democracia interna admite diferencias de opinión, divergencias y críticas, pero insertas en el trabajo colectivo, en la decisión colectiva y en la acción colectiva.

 

LA ELECCIÓN DE LOS DIRIGENTES

 

 

La elección de los organismos de dirección por las organizaciones respectivas es uno de los principios de la democracia interna. Es aplicable tanto en relación a los organismos de dirección central como a los organismos dirigentes de cualquier organización.

Después del 25 de Abril, desaparecidas las limitaciones impuestas por las condiciones de clandestinidad, se ha hecho un esfuerzo serio por poner en práctica este principio.

Se trata de un proceso cuya andadura está orientada por la idea de que las elecciones de los organismos dirigentes deben realizarse siempre que estén creadas las condiciones para ello.

Es decir: se entiende que no siempre existen condiciones y que, no existiendo condiciones, no sería positivo precipitar la realización de elecciones que, escapa de la práctica formal de la democracia, falsearían el carácter democrático de las elecciones y conducirían necesariamente a decisiones defectuosas.

Tal es el caso de localidades en que, por atraso o dispersión de las organizaciones, los militantes no se conocen entre sí y los camaradas más responsables tampoco conocen suficientemente a los miembros del Partido.

Tal es también el caso de parroquias y municipios en que la estructuración y la política de cuadros están particularmente atrasadas.

Es también el caso de organizaciones regionales cuyas asambleas, por la vastedad de las organizaciones y por la complejidad de los problemas planteados, no fueron viables hasta recientemente.

En todos estos casos, la designación, por los organismos superiores, de miembros de organismos dirigentes, y la cooptación por éstos de nuevos miembros, ha sido práctica normal y corriente, aunque siempre considerada de carácter provisorio, ya que denuncia un atraso en importantes aspectos del funcionamiento democrático del Partido.

La situación, no obstante, ha evolucionado favorablemente.

En las 1.278 asambleas de organizaciones, realizadas desde el 25 de Abril, se eligieron los órganos dirigentes. Los años 1984 y 1985 también fueron marcados por la realización de las asambleas de las organizaciones regionales y distritales y por la elección de las direcciones respectivas. Se trata de pasos importantes en la democracia interna del Partido.

Las elecciones de los organismos deben tener dos preocupaciones fundamentales: asegurar, por un lado, el derecho de los militantes a elegir sus dirigentes; asegurar, por otro lado, el buen fundamento y lo correcto de la elección.

En cuanto al primer aspecto, aun siendo admisible y hasta deseable en cada caso un reglamento para la elección (que puede ampliar más o menos las formas de intervención de los militantes en la elección), el derecho de voto significa derecho a votar por, o a votar contra las propuestas hechas, o a abstenerse. Quienes participan en una elección deben sentirse completamente a sus anchas para expresar su opinión y votar según su conciencia.

En cuanto al segundo aspecto, es importante asegurar que, al votar, cada cual esté en condiciones de evaluar las tareas que se plantean en los cargos a llenar, las cualidades requeridas para desempeñarlas y el valor relativo de los cuadros.

Ello es particularmente válido en los organismos y cargos más responsables del Partido, siendo por ejemplo absolutamente fundado el criterio de elegir en el Comité Central, y no en el Congreso, no solo la Comisión Política, el Secretariado y el Secretariado Político Permanente, sino también el secretario general del Partido.

La simpatía, la momentánea impresión directa resultante de una intervención o de un discurso, el conocimiento incompleto de los cuadros, la información irresponsable, pueden conducir a preferencias defectuosas y eventualmente a la elección de camaradas sin las condiciones requeridas.

Hay que tener en cuenta, sin embargo, dos caras de la apreciación.

En primer lugar, las cualidades y posibilidades de los cuadros, globalmente consideradas en un momento dado, son como regla mucho mejor conocidas por los organismos responsables que por la base en su conjunto.

En segundo lugar, numerosos rasgos importantes de carácter y de comportamiento escapan muchas veces a los organismos dirigentes y son observados y analizados por la base del Partido, y por los compañeros diarios de trabajo y de lucha.

Por ello es un buen principio que sean los organismos dirigentes quienes propongan los cuadros a elegir; pero es esencial, para que la propuesta sea suficientemente fundamentada y correcta, escuchar previamente informaciones y opiniones sobre los cuadros a proponer.

La elección democrática no agota la democracia interna en lo que respecta a los organismos electos. Los derechos de los miembros del Partido con respecto a la Dirección no se limitan a elegir los dirigentes. Los organismos electos no se adueñan del poder como sucede en los partidos burgueses. La actividad de la Dirección es inseparable de la constante intervención democrática de las organizaciones y militantes.

 

 

LA CUESTIÓN DEL VOTO SECRETO

 

 

En nuestro Partido no se utiliza el voto secreto, ni en la elección de los organismos dirigentes ni en la aprobación de ninguna decisión.

Quien vota por alguien o por algún punto de vista toma ante los demás la responsabilidad de su opción. Para que asegure la verdadera conciente y libre opción, esta forma de votar presupone que el derecho de opción y por lo tanto de discrepancia está plenamente reconocido, que no existe ninguna forma de coacción o presión, que el militante está protegido de cualquier discriminación, mala voluntad y persecución con motivo de su voto abiertamente declarado.

Existen, es cierto, situaciones indeseables, en que estas condiciones no son llenadas. Como resultado, la opción declarada, sobre todo cuando es minoritaria y discrepante con la de la Dirección y de la gran mayoría, somete al militante a una censura condenatoria, que puede eventualmente tener desagradables consecuencias en su vida como cuadro del Partido. Existen inclusive situaciones (y esto aconteció en nuestro Partido y en otros partidos hermanos) en que el voto discordante y minoritario condujo a persecuciones, condenas, sanciones efectivas y hasta a la liquidación política de buenos cuadros.

Como consecuencia de tales situaciones, o previéndolas, se ha planteado la cuestión del voto secreto.

Si en un partido determinado se vive en un ambiente de autoritarismo, de culto a la personalidad, de despotismo, o si se atraviesa una crisis grave marcada por profundas divergencias y conflictos, se comprende que la utilización del voto secreto pueda ser, en determinadas circunstancias, un paso para la democratización de la vida interna.

Sin embargo, fuera de tales situaciones, y como método de asegurar la plena libertad de voto, numerosos partidos adoptan el voto secreto. En lo que respecta a la elección del Comité Central, según los datos de que disponemos relativos a una amplia muestra de 42 partidos, adaptan la votación secreta 4 del total de 9 partidos de los países socialistas, 15 del total de 18 partidos de los países capitalistas de Europa, 10 del total de 15 de América latina.

En nuestro Partido no se adoptó el sistema del voto secreto.

Reconociéndose a los militantes el derecho a voto, se reconoce en realidad el derecho a ejercerlo: a votar por o contra. Y existiendo una educación y un ambiente democrático, la votación no secreta no provoca problemas.

Si se llegase a la conclusión de que el voto no secreto fuese una limitación a la expresión de la voluntad de los militantes, porque sometería a los votantes a alguna represalia posterior, serían posibles dos soluciones. Una, adoptar el voto secreto. Otra, exigiendo modificaciones en el funcionamiento y un trabajo educativo más profundo, establecer y practicar normas de vida interna del Partido que garantizasen efectivamente el derecho de cada militante a votar según su propia opinión, asumir naturalmente su opinión ante los demás y ver su opinión respetada por los demás.

En el PCP se entiende que el voto no secreto (estando como está asegurado el derecho de los militantes) es una expresión elevada de la democracia, del respeto efectivo hacia la opinión y la voluntad de cada militante, de la responsabilidad asumida por cada cual acerca de su opinión y de su voto, de la conciencia del reconocimiento y garantía de los derechos de todos y de cada uno.

 

 

RENDIR CUENTAS DE LA ACTIVIDAD

 

 

Rendir cuentas de la actividad es un principio general de la democracia interna que, en todos los sectores y en todos los niveles, tiene concreciones muy diversificadas, tanto de carácter individual como de carácter colectivo.

Rendir cuentas de la actividad es, además, una fase constante y un acto necesario y obligatorio en la realización de cualquier tarea. En el trabajo cotidiano del Partido, el control de ejecución no es otra cosa que acompañar la realización de las tareas, solicitando regularmente y en el plazo debido que los organismos y los militantes den cuenta del trabajo del cual quedaron como responsables. La intensísima actividad del Partido hace que tal rendición de cuentas sea natural e indispensable en todos los momentos.

Siendo también frecuente, sin embargo, que las decisiones tomadas sufran demoras o sean hasta olvidadas, el mejoramiento del control de ejecución debe ser una preocupación de todos los organismos responsables.

Ningún organismo y ningún militante puede decir que “no tiene cuentas que rendir a nadie”. Todos tienen cuentas que rendir a alguien. Ese alguien es el Partido, en la persona de los organismos o militantes competentes para tal efecto.

Si un militante o un organismo presentan dificultades o pierden el hábito de rendir cuentas, cabe al Partido exigirles que lo hagan, ya que el no rendir cuentas no solo afecta, degrada, desorganiza y atrasa la actividad, sino que crea situaciones, hábitos y vicios que contrarían principios básicos de democracia interna.

Rendir cuentas no es ninguna imposición motivada por la desconfianza, ningún acto de subordinación ni de falta de autoridad. Rendir cuentas es decir simplemente qué se hizo y por qué se hizo en el ámbito de las tareas establecidas y del trabajo colectivo. Lo que no se hizo y por qué no se hizo. Es una actitud correcta, fácil, habitual de todos los organismos y militantes. Es un aspecto común y diario inherente a la dinámica del trabajo.

Los militantes rinden cuentas de la actividad, tanto en los organismos de base como en los organismos superiores. Y los organismos de base y los organismos superiores también rinden cuentas de su actividad.

Es una forma habitual de rendir cuentas, la explicación de la actividad de los organismos del Partido a través de documentos, de artículos, de intervenciones, de discursos, de plenarios, de debates y de otras formas de información y esclarecimiento sobre la actividad del Partido.

Y además de estas formas habituales en la vida cotidiana del Partido, existen, para los grandes balances, lugares y momentos apropiados.

El Comité Central rinde cuentas en los congresos y conferencias nacionales del Partido a través de sus informes, en los que se relatan las líneas esenciales de la actividad desarrollada, se indican sus resultados, se procede a un examen crítico y se proponen las orientaciones y las tareas. Los organismos de dirección de las regiones, de los distritos, de los municipios, de las parroquias, de las ranchadas, de locales, de zona, de empresa, de categoría profesional y de sector rinden cuentas en las asambleas de las organizaciones respectivas.

Si se considera la rendición de cuentas en función de la estructura orgánica del Partido, puede así decirse que, en los términos adecuados, se realiza en dos sentidos: de los organismos inferiores a los organismos superiores y de los organismos superiores a los organismos inferiores.

Y si se considera la rendición de cuentas en función de la responsabilidad de los organismos y militantes, puede decirse que debe ser tanto más exigible v tanto más rigurosa cuanto más responsable es el organismo y el militante.

La rendición de cuentas es una asunción de responsabilidad ante el Partido en el sentido más noble de la palabra. Es expresión de la conciencia de que la actividad de cada uno es parte integrante e indisociable de la actividad de todos.

 

 

MAYORÍA, CONSENSO, UNANIMIDAD

 

 

El sometimiento de la minoría a la mayoría es una regla esencial, ya que es comprendida como expresión de todo el rico funcionamiento democrático del Partido. Es decir, inserta en un estilo caracterizado por la dirección colectiva y el trabajo colectivo y por el derecho y la libertad de opinión y de crítica.

Si el sometimiento de la minoría a la mayoría es entendido como una forma simplificada de decisión y de disciplina, acaba por ser, no una regla democrática y una práctica democrática, sino un proceso burocrático que falsea groseramente la democracia interna.

Si, por ejemplo, en un organismo determinado, una parte mayoritaria de los camaradas abrevia o dispensa las discusiones, se desinteresa de las opiniones de los demás y recurre sistemáticamente a la votación mayoritaria, desfigura e infringe el verdadero principio de decisión por opinión mayoritaria.

En la decisión por la mayoría, la votación en sí no es lo fundamental. Lo fundamental es conformar una opinión colectiva, mayoritaria, cuando no puede ser unánime.

Las votaciones para aprobar por el voto mayoritario que no se apoyan en un cambio abierto, franco y profundo de opiniones y en el conocimiento y el examen atento y recíproco de dichas opiniones, son un acto formal que asegura, es cierto, que decida el mayor número, pero no asegure que el mayor número decida a conciencia.

En condiciones de vida menos democráticas, la decisión por votaciones sistemáticas ofrece un peligro adicional: la tendencia a una posición seguidista, votando con los más responsables, no tratando de comprender el problema en discusión ni de tomar una posición conforme con la propia conciencia.

Aceptar el principio de que las decisiones se tomen por mayoría no significa que en cada caso haya votación. La votación debe realizarse cuando es necesario. En algunos casos puede ser el mejor procedimiento de aprobación. No es el proceso normal y obligatorio.

Así, en muchas cuestiones de orden práctico y de carácter secundario, es preferible muchas veces, sobre la base de propuestas iniciales y de un brevísimo lapso para eventuales objeciones, proceder a una votación que abrir y prolongar discusiones.

Ya en lo que respecta a cuestiones más importantes, en especial las decisiones políticas, si existe un verdadero trabajo colectivo no es necesario, salvo casos excepcionales, que se proceda a una votación. El propio debate permite el esclarecimiento y la formación de una opinión colectiva. La opinión colectiva resulta con naturalidad del propio debate. Un documento redactado o un camarada en intervención oral concreta la conclusión, esta incorpora eventualmente tal o cual propuesta para mayor rigor y se la considera conclusión colectiva sin necesidad de votación.

A veces, esta forma de tomar decisiones se denomina consenso. La palabra es adecuada, pero es necesario estar atento contra ciertas formas defectuosas de entender el consenso. Una conclusión colectiva tomada sin votación, en el marco del trabajo colectivo, no puede ser confundida con conclusiones unilaterales, apresuradas y tendenciosas —de un debate incompleto en el que no todos expresaron su opinión—, presentadas como “consenso”.

La profundización del trabajo colectivo hace que las decisiones tomadas por mayoría evolucionen hacia decisiones tomadas por consenso. Una profundización todavía mayor acaba por conducir a la unanimidad.

En el marco del trabajo colectivo, la unanimidad aparece como una comprobación superior de la democracia existente.

Hay, es cierto, ejemplos de situaciones en que la unanimidad puede ser expresión de un ambiente de coacción política y psicológica, de un funcionamiento antidemocrático, de la existencia del culto a la personalidad, de un concepto burocrático o militarista de la disciplina y de la unidad.

En el PCP, la unanimidad aparece en la vida actual como la culminación de todo un proceso democrático de participación e intervención creativa de los militantes; de trabajo colectivo permanente, amplio y profundo.

Los observadores superficiales quedan sorprendidos cuando, en un congreso o en una conferencia nacional, o en asambleas de organizaciones del Partido, cientos o miles de delegados aprueban por unanimidad los documentos fundamentales. Más sorprendidos todavía cuando ven levantarse en el aire la selva de credenciales rojas y el exaltante entusiasmo que acompaña a la votación y a su resultado.

Intentan explicar tal fenómeno (asombroso a su criterio) por algún “filtrado” de los delegados, por alguna terrible disciplina de tipo militar, por formas cualesquiera de presión o coacción o hasta por el atraso político y mental de los miembros del Partido, que votarían todo lo que se les propone porque son incapaces de pensar y de opinar.

Algunos llegan a comparar esas votaciones y esa unanimidad verificada en el PCP, con los debates conflictivos y numerosas y minuciosas votaciones por mayoría y minoría verificados en congresos de otros partidos, infiriendo que es en estos últimos donde se revela la democracia, mientras que la unanimidad en el PCP revelaría la falta de ella.

Esta apreciación indica un profundo desconocimiento de las realidades y un criterio superficial, limitado, burocrático y pequeñoburgués de la democracia.

De hecho, en esos otros partidos citados, ¿por qué se verifican debates tan agudos y conflictivos en sus congresos? ¿Por qué se asiste a tan profundas y constantes divisiones en relación con todos los problemas discutidos? ¿Por qué se polarizan tantas veces las opiniones y votaciones en torno de plataformas políticas divergentes y de dirigentes en permanente conflicto? ¿Por qué esa necesidad de votaciones pormenorizadas a propósito de las cosas más pequeñas?

Ello sucede porque no existe una verdadera democracia interna, porque se admiten y prolongan situaciones antidemocráticas, porque no hay la búsqueda constante de las contribuciones de los militantes y de los andamientos democráticos, porque no existe trabajo colectivo.

En dichos casos, los encendidos debates y conflictivas votaciones siempre por mayoría y minoría son la explosión pública y global de la falta de democracia interna.

En el PCP, la unanimidad expresa todo un trabajo anterior en profundidad, en que los militantes participaron, intervinieron, contribuyeron al resultado con sus opiniones y sus propuestas.

Cuando se asiste a una votación masiva y unánime en una gran realización del Partido, esa votación significa, de parte de cada cual, que en lo que se está por aprobar reconocer, no algo que viene desde lo alto y le es extraño, sino algo que también es suyo, por la contribución que dio o podría haber dado si lo creyese necesario.

Las votaciones unánimes y entusiastas son la expresión final de todo un proceso democrático de debate, definición y decisión. Pero no solo eso. También son la expresión de toda una realidad más vasta, más profunda y más rica, que abarca todos los aspectos de la vida y de la actividad del Partido.

En el PCP, la unanimidad verificada en los congresos culminó la realidad de la dirección colectiva y del trabajo colectivo, la práctica del reconocimiento de los derechos iguales de todos los militantes, la profunda democracia interna existente y la conciencia de todos de que ella existe y está asegurada.

 

 

CONGRESOS, CONFERENCIAS NACIONALES Y ASAMBLEAS

 

 

Los congresos y conferencias nacionales del Partido y las asambleas de las organizaciones representan un importantísimo papel en la vida partidaria y constituyen una de las más ricas manifestaciones del centralismo democrático.

Ya en las condiciones de clandestinidad, a pesar de las dificultades existentes y de las restricciones impuestas por motivos de seguridad, los congresos del Partido jugaron un papel destacado en la instauración de criterios democráticos en la vida interna.

Después del 25 de Abril pasaron a ser grandiosas realizaciones, en las que se afirma el desarrollo creativo del centralismo democrático. De congreso en congreso —el VII (extraordinario) en 1974, el VIII en 1976, el IX en 1979, el X en 1983- se ha acentuado el carácter colectivo, en el plano político, organizativo y técnico, de toda la preparación y realización.

Involucrando a todo el Partido, del Comité Central a las organizaciones básicas, los congresos constituyen una exaltante afirmación del gran colectivo que es el PCP. Los congresos son el colectivo que piensa, que trabaja, que realiza, que decide, en un entusiasta esfuerzo conjunto que ofrece una justa medida de cómo en el PCP la orientación política, la intensa actividad, la unidad y la disciplina son inseparables de la democracia interna.

Aunque en otra escala, lo mismo puede decirse de las conferencias nacionales del Partido, realizadas desde el 25 de Abril para decidir sobre problemas concretos. A partir de 1977 se realizaron once conferencias nacionales del Partido, de las cuales tres sobre la situación económica y la política económica del Partido, una sobre el Mercado Común, dos sobre el Poder Local y cinco sobre la preparación de campañas electorales.

Finalmente, tal como los congresos y las conferencias nacionales, las asambleas de las organizaciones constituyen uno de los aspectos más significativos y característicos de la vida partidaria.

Según los Estatutos del Partido (artículo 33), “la asamblea es el órgano superior de cada una de las organizaciones regionales, distritales, de municipio, de parroquia, de ranchada, locales, de zona, de empresa, de categoría profesional y de sector”.

Como órgano superior de cada una y de todas las organizaciones, la asamblea tiene un lugar destacado en la estructura y en el sistema de dirección del Partido. Sin embargo, su función no se limita a eso.

Valioso factor de la democracia interna, su importancia, su papel y su influencia repercuten en prácticamente todos los aspectos de la vida partidaria.

Desde el 25 de Abril hasta mayo de 1985, se realizaron 1.277 asambleas de organización, de las cuales 12 regionales, 5 distritales, 227 de municipios, 394 de parroquias, 84 locales, 220 de zona, de sector y de subsector y 346 de célula. A partir del VIII Congreso hasta la actualidad, se realizaron como promedio 12 asambleas por mes. Son de particular relieve las grandes asambleas de las organizaciones regionales, realizadas en 1984-1985.

La elaboración de estudios y documentos referidos a prácticamente todos los aspectos de la vida del sector, las reuniones y los debates previos, la elección de los delegados, el montaje, la organización y el andamiento de los trabajos involucran un profundo y elaborado trabajo político, organizativo y técnico.

Las asambleas son siempre grandes realizaciones de y para las organizaciones respectivas. Son en muchos casos grandes realizaciones a escala nacional. Las asambleas de las organizaciones regionales y de muchas de las organizaciones barriales y de empresa, con cientos de delegados y a veces miles de invitados, dan magnífico testimonio de un elevado nivel de preparación, capacidad y experiencia.

Las asambleas de las organizaciones valen por sí mismas. Pero valen también por todo el trabajo preparatorio que las antecede y por los efectos en el trabajo que las sigue.

Las asambleas, tal como los congresos y conferencias nacionales del Partido en escala nacional, movilizan a las organizaciones para el examen de la situación en el ámbito de actividad de la organización respectiva, para el balance del trabajo realizado y para la definición de la orientación a seguir. Formalizan la rendición de cuentas de los organismos dirigentes. Concretan la elección de los organismos dirigentes. Estimulan y dinamizan la militancia y todas las actividades. Desarrollan en la práctica el trabajo colectivo y enriquecen su concepción. Refuerzan la cohesión y la unidad partidarias.

Los congresos y las conferencias nacionales del Partido y las asambleas de las organizaciones, así como conferencias y encuentros nacionales de organizaciones de sector, presentan cada cual de cierta forma una síntesis y una resultante del estilo de trabajo del Partido Comunista Portugués.

En lo referente a los principios orgánicos, ofrecen ejemplos de insustituible valor de la democracia interna y del trabajo colectivo, su más alta expresión, como componentes del centralismo democrático.